SALVADOR BRETÓN

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La Escuela de Escritores de la SOGEM se ha afianzado como una fuente estimable de narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos. Quienes andamos en eso de ser jurado de concursos y becas, advertimos que muchos de los participantes provienen de aquella escuela, y muestran siempre un alto nivel. De ahí surgió Salvador Bretón, quien publica su primer libro: La historia perdida y otros hallazgos.

El autor (Distrito Federal, 1968) se arriesga a incursionar en uno de los asuntos más difíciles de la narrativa, lo fantástico.

Materia escasamente frecuentada por autores mexicanos (hay excepciones memorables), enfrenta a quien la practica a dos problemas fundamentales: saber bien a bien con qué se come eso y, en seguida, ejecutarla con brillantez sin caer en burdas copias de los maestros del género. Así, cuando uno lee relatos de esa naturaleza sabe con claridad ante qué o ante quién está. Sin ser precisamente una excepción maravillosa. Salvador Bretón cumple bien con las reglas básicas de ese complicado juego.

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La Escuela de Escritores de la SOGEM se ha afianzado como una fuente estimable de narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos. Quienes andamos en eso de ser jurado de concursos y becas, advertimos que muchos de los participantes provienen de aquella escuela, y muestran siempre un alto nivel. De ahí surgió Salvador Bretón, quien publica su primer libro: La historia perdida y otros hallazgos.
La Historia perdida y otros hallazgos


La mayoría de los quince relatos del volumen tienden a lo fantástico. En el primero, por ejemplo, un personaje de hace siglos (el que se supone hizo el lienzo de la Virgen de Guadalupe) es traído a estas épocas mediante extraños sortilegios, y por supuesto se siente raro y amenazado.


La historia perdida y otros hallazgos
2000
Precio: $ 60.00

Los jóvenes que hicieron posible el milagro determinan ponerlo a salvo, y luego ellos mismos se enclaustran en alguna región del país para protegerse. Se enteran de algún modo que el personaje encabeza una guerrilla en Puebla. Por supuesto, parte del texto hace evocar “Chac Mool”, de Carlos Fuentes.En otros textos Bretón juega con el trastocamiento del tiempo y del espacio, de modo que los lectores sufren fuertes sacudidas: ¿qué está ocurriendo, en qué momento se distancia lo real y lo imaginario?; sin embargo, no prevalece la confusión, las piezas se acoplan para que la esencia de lo fantástico se imponga: el sentimiento de duda por parte del lector, al menos durante el tiempo de la lectura.

Los cuentos de Bretón van de lo más breve a lo ortodoxo, y aunque se maneja bien ambos espacios prefiero las piezas pequeñas: acusan un poder de concentración estupendo, pues dicen tantas cosas con muy pocas palabras, frases o imágenes. Por lo demás, en cada pieza el autor cuida mucho el lenguaje, el ritmo, y por eso, sin que caiga en excesos, se da un buen acoplamiento entre lo coloquial y lo, digamos, literario.

En síntesis, puedo decir que los cuentos de Bretón se leen con agrado, lo que hace esperar con atención sus trabajos subsecuentes.

Ignacio Trejo Fuentes.

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